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27/10/2020

Y el verbo se hizo efectismo. Poder i Santedat.

Autor: Manuel Molins. Dirección y escenografía: Paco Azorín. Reparto: Borja López Collado, Victoria Salvador, Andrés Navarro, Pep Sellés, Joan Daròs, Errecé, Lucía Aibar, Isabel Rocatti, Rafael Calatayud, Bruno Tamarit, Marta Santandreu, Àngel Fígols, Arantxa Pastor, Guillem Duquette. Teatro Principal de Valencia (Octubre 2020).

Reseña por José Vicente Peiró, ampliación de la reseña publicada el 24 de octubre en el suplemento 'Palabras' de Las Provincias.

El inicio de temporada del teatro Principal de Valencia se ha visto envuelto en una polémica evitable y extraña para quienes conocíamos ‘Poder i Santedat’ del consagrado autor valenciano Manuel Molins desde su publicación hace tres años. Pero dejemos al margen estas cuestiones extrateatrales: el público está dentro de un teatro, no fuera.

El libreto es una sucesión de figuraciones con personajes ficticios y reales llenos de ejemplos sobre la corrupción y la hipocresía de la alta jerarquía vaticana y una defensa del catolicismo de base. Y de la libertad, sobre todo amorosa, incluyendo la homosexualidad. Sus temas son archiconocidos: finanzas opacas, casos de pederastia, falta de ética, control del poder y el conflicto entre una Iglesia integrista y otra cercana a la vida de Jesucristo, tratados con los conocimientos teologales del autor. Un texto que podría durar tres horas y media si se representara de forma arqueológica.

Molins es un gran escritor dramatúrgico que sabe generar debate actual. Paco Azorín es gran un escenógrafo y director cuya potencia visual espectacular suma a las obras en lugar de restar. Ambos admirables. ¿Y cómo conjugar un texto tan verbal y tan denso en ideas y personajes que representan a esas ideas con una propuesta escenográfica potente y con una visualidad espectacular? El impactante comienzo con raperos y actores en escena más el inicio del juicio a Lucio como Cristo crucificado, parecía encontrar la fórmula de la unión de lo discusivo y el efectismo estético por medio del simbolismo contemporáneo. Pero a partir de la segunda escena se certificaron las dudas sobre las posibilidades de este cruce y colisionan lo verbal y lo visual hasta impedir reflexionar siguiendo la individualidad de cada personaje, dado que en el viaje propuesto se ven como alegorías de distintas actitudes alrededor de la Iglesia. Y es cuando el tedio aparece a pesar de la potencia escenográfica.

Hay una buena intención al introducir modificaciones y cierto adelgazamiento del original. Pero en ocasiones se han difuminado la profundidad de los mensajes y vulgarizado situaciones. Podrían haberse sintetizado los desenlaces de algunas escenas porque no hace falta repetir lo que ya se ha visto o dicho, como me enseñó mi maestro de la crítica teatral. Valgan como ejemplo los interesantes monólogos de Kasper (Rafa Calatayud) y Melanie (Marta Santandreu). Una vez manchada de sangre Melanie, no hace falta más que exprese en pocas palabras su rabia y el deseo de olvidar para vivir. Muchas alteraciones son previsibles, como la sisa de los zapatos rojos de Benedicto XVI a Francisco. También cuesta entender la eliminación de acciones como la interpretación al piano de Ratzinger del original, que lo humaniza y lo sitúa mejor como teórico incapacitado para la acción, o que en la última escena no aparezca Angélica con una copa y beoda para mayor verosimilitud de su discurso. Lo simbólico ha de ser creíble.

Envolventes la escenografía y la iluminación de Ximo Olcina, espectaculares inicio y remate, gran idea la conversión en raperos de los ángeles de Sodoma acompañantes de Lucio (¿era necesario tenerlo de Ecce Homo toda la obra?), buenas transiciones y fenomenales interpretaciones de los actores aunque demasiado dirigidos hacia la expresividad, a una emotividad fría, a la multiplicidad de acciones y al movimiento más que a la pausa reflexiva. Da la impresión de asistir a varias obras a la vez con distintos protagonistas y una excesiva acumulación de mensajes archisabidos durante dos horas y media.

Digna para el debate de ideas pero fallida y aburrida como dramaturgia. El teatro es ver y escuchar. Pero el carro y el animal de tiro han de ir unidos para llegar a un destino. Es el principal problema de este ‘Poder i Santedat’, que al menos valdrá para que sigan subiendo al Principal los grandes autores valencianos, como hace menos de un año Chema Cardeña y Paco Zarzoso. Y que el teatro público apueste por montajes que sólo él puede realizar. Cumpliendo su función.

José Vicente Peiró