Noticia

04/11/2020

Rob. La imaginación puede con todo.

Intérprete: Ramón Ródenas. Autoría: Lucía Aibar, Victoria Mínguez, José Puchades (Putxa) y Ramón Ródenas. Dirección: Zero en Conducta. Sala Off (1 de noviembre de 2020).

Reseña por José Vicente Peiró

Cuando el jurado de Comunidades de los últimos premios Max de las Artes Escénicas eligió como candidato a mejor interpretación a Ramón Rodenas por su trabajo en ‘Rob’, no fue una casualidad su práctica unanimidad. Porque es un actor que va creciendo y que venimos siguiendo desde aquella ‘L’ànima bona de Sezuan’ de Brecht que pudimos ver allá por 2014 y al año siguiente en la producción de Albena ‘L’aneguet lleig’. Sin duda, su potencial y su versatilidad, así como su capacidad de adaptación a cualquier papel, lo han convertido en uno de los intérpretes más interesantes del panorama teatral valenciano.

‘Rob’ es la última producción de Teatre de l’Abast, estrenada en 2019, una compañía que juega con lo físico, la visualidad y el movimiento con mucho acierto, como demostraron en la obra de Brecht citada o en su contemporánea adaptación de ‘Mucho ruido y pocas nueces’, aquí junto a otra compañía, Zero en Conducta, más centrada en el teatro de títeres. Son un tándem perfecto para crear un espectáculo como ‘Rob’, donde se conjugan las características de ambas. El despliegue físico y de movimientos es descomunal, aunque siempre contenido en función de cada escena, a lo que se suma el excelente empleo de objetos, de títeres y el teatro de sombras. Una conjunción que permite a la obra ser sumamente atractiva para cualquier público familiar, con el actor Ramón Ródenas como guinda del pastel. Porque ejecuta con excelentes movimientos, maneja títeres de maravillas, sobre todo el cráneo y el pez, sorprende con su forma de sacar y mostrar objetos y después darle utilidad como al paraguas roto, ejecuta un maravilloso juego de sombras, rematado por un estupendo círculo en el barco, y canta y baila claqué con unos zapatos extraídos del baúl.

‘Rob’ es la historia de un náufrago, de ahí su nombre hipocorístico de ‘Robinson Crusoe’. La guerra hizo desviar su barco y él queda como único superviviente en una isla donde vive solitario. Pero no existe la compañía de Viernes: solo le acompaña el cráneo del capitán del navío, con el que desarrollará una serie de episodios con la imaginación. Este cráneo vive y tiene personalidad. Se alimenta del mismo plátano que Rob, rodeado de objetos que cobrarán vida o intentará aprovechar los rayos de una tormenta para hacer funcionar la radio. Y es que solo la imaginación permite sobrevivir a una situación extrema de soledad y vencer las dificultades cuando todo discurre en la incertidumbre; un mensaje muy necesario en la situación social actual.

El libreto de la obra está creado con minuciosidad. Incluso el hemistiquio en oscuro previo al desenlace es sumamente necesario para advertirnos de que la situación va a cambiar. Lucía Aibar, Victoria Mínguez, José Puchades (Putxa) y el mismo Ramón Ródenas han sabido crear con mucha prestancia la historia sin dejar un cabo suelto, abriendo las experiencias del personaje al público, dotando de detalles inesperados y sorpresas a cada escena (qué buen maquillaje con polvos y vestido de mujer del cráneo del capitán). No es un guión fácil o con salidas previsibles y acompaña el canto a la imaginación que vemos desarrollar al personaje.

Y el desenlace… Sin ser “spoiler” es necesario decir que es más que recomendable. Un héroe puede ser una víctima del poder y su burocracia. Este náufrago puede quedar como un apátrida marginal si la sociedad no reivindica. Un mensaje también muy necesario puesto que no debemos permanecer pasivos ante la injusticia. Rob ha pasado quince años en la isla y sigue siendo un desaparecido. La valoración humana suele estar ausente de la sensibilidad de las autoridades.

La escenografía es inolvidable. Un barco destrozado, con muy buena construcción en madera de haber sido engullido por el naufragio, pero también todos los elementos necesarios, incluyendo el agujero por donde asoma el pie de Rob al inicio de la obra. Cañas al fondo, baúles, maletas y un tonel donde se apuntan los días de permanencia en la isla, que da un buen juego cuando en el último acto las marcas han completado la cara de un tonel. Un gran trabajo de Vicente Andreu, también constructor de los títeres, aupado por una iluminación excelente de Víctor Antón y la excelente música de Bob Gonzales. Sin olvidar el vestuario de náufrago auténtico de Rob confeccionado por Pascual Peris.

Un trabajo de calidad para todos los públicos. Buen humor, desarrollo amplio y de sólida arquitectura teatral, ingenio, sorpresas y sobre todo mucha imaginación en escena. La que sirve Ramón Ródenas para mostrarse como un valor consolidado entre nuestros actores. Y que esta hermandad de Zero en Conducta y Teatre de l’Abast perdure con nuevos frutos.
José Vicente Peiró