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21/12/2020

No estaba La Gaviota

La Gaviota, versión libre de la obra homónima de Anton Chéjov. Dramaturgia y dirección: Àlex Rigola. Reparto: Nao Albet, Jordi Oriol, Xavi Sáez, Mónica López, Irene Escolar, Roser Vilajosana. Teatro Principal (6 de diciembre de 2020).

Reseña por José Vicente Peiró.

Àlex Rigola apuesta de nuevo por una versión libre de un clásico. Lo marcó con aquella versión de ‘Hamlet’ mudo en el Teatre Lliure de Barcelona, y ‘European House (Prólogo de un Hamlet sin palabras)’, en 2005. Y fue más allá con Chéjov en 2017 con una versión de ‘Tío Vania’ dentro de la caja de madera del Heartbreak Hotel. Pero si este trabajo fue una maravilla que levantaba del asiento, no podemos decir lo mismo de este nuevo intento con otra obra del autor ruso: ‘La Gaviota’.

Porque es una versión que sobrepasa en exceso la libertad de transformación de un texto original. Es perfectamente admisible romper el naturalismo y todas sus formas de reproducción de la realidad y su determinismo con una apuesta moderna que es una reconstrucción artística del original, como lo hizo en la magistral ‘Vania’. Pero de ahí a ofrecer un trabajo que tiene escasa relación con esta obra hasta el punto de no generar interés por sus conflictos va un mundo. Y más cuando las partes que remiten directamente al libreto de Chéjov resultan aburridas porque la performance metateatral donde los actores cuentan a la galería anécdotas y experiencias, o juegan una partida de dominó, es mucho más interesante que las representaciones orales del texto micrófono en mano. Y no entramos en que la propuesta de Rigola se debería haber llamado “Variaciones originales sobre La Gaviota de Chéjov”, puesto que puede haber público que asista creyendo que va a presenciar una representación de la historia original más o menos fiel en todo momento.

La poda del texto hecha por Rigola lo ha arrasado y no es efectiva. Sin embargo, lo es la parte original. Cierto es que la versión libre de Rigola nos habla de temas semejantes a la original desde un punto de vista real, que no realista, de seres corrientes, aquí dedicados al teatro: amor, arte, melancolía, defensa de la Naturaliza, deseos, dilemas y reproches personales y sueños irrealizables. Pero la gaviota queda reducida a la papiroflexia y su ahogamiento es más que simbólico. Los personajes se llaman como los actores, su vestuario es corriente y digamos que “en vaqueros”, la escenografía de Max Glaenzel es simple, apoyada en las imágenes reales vertidas por un retroproyector, con unos actores que son ellos mismos a punto de representar una performance donde se les come la obra de Chéjov, aunque en la realidad es que ellos son quienes se la engullen.

Así que nos quedamos con la parte original y con unas interpretaciones extraordinarias. Su desenfado choca con el drama naturalista y, por tanto, con el conflicto de Nao Albert e Irene Escolar. Ella es una excelente Nina pero su desamor y su conflicto no se aprecian más que como narratividad excesiva. Nao Albet es Tréplev, Masha es Roser Vilajosana, Mónica López es Arkadina, Jordi Oriol, Trigorin, y Xavi Sáez, Sorin, excelente cuando se proclama que es un “neoyorkino de Russafa”. Nos quedamos con ellos, sus historias, lo metabiográfico, sus aventuras y sus conceptos sobre el teatro, el éxito y la creación en general. Ahí es donde Rigola se vuelve a distanciar del original porque importan y captan más la atención los asuntos profesionales que los amorosos chejovianos. Los excepcionales actores nos atrapan en su mundo y sus relaciones.

Esto no quita que el experimento de Rigola no sea magistral. Posee una creatividad y una capacidad de sorpresa enorme. Los diálogos entre los actores-personajes son fértiles, sobre todo por las cargas irónicas y el desenfado, así como la apuesta por la desdramatización del conflicto. Solo que ‘La Gaviota’ no existe y si existe no interesa porque ha quedado enterrada por el ejercicio con una exigencia interpretativa plenamente natural magistralmente desarrollada por los excelentes intérpretes. Con ello, los conflictos han quedado difuminados en un genial ejercicio teatral opuesto y deconstrutor del naturalismo de Chéjov, totalmente perdido sin un lugar en el montaje. Rigola ha hecho una parte magistral, la que no tiene “gaviota”, y otra parte con poco interés, la que tiene “gaviota”. Por eso prefiero su apuesta de ‘Vania’.

José Vicente Peiró