Crítica

23/11/2020

Valencia en danza

El festival Dansa València consigue una edición brillante a pesar de las dificultades.

Reseña por Jose Vicente Peiró.

Comenzó el 8 de noviembre la edición de Dansa València de 2020, organizada por el Institut Valencià de Cultura, programada en principio en sus fechas habituales del mes de abril y trasladada a noviembre a causa del estado de alarma por la terrible pandemia que afecta a tantos seres e ilusiones. Y lo ha hecho con brillantez para estos tiempos de confinamientos territoriales, eufemísticamente llamados “periféricos”, con imposibles desplazamientos de compañías internacionales e incluso con dificultades para los nacionales, y por el ambiente de temor impuesto por el toque de queda nocturno decretado hace unas semanas en la Comunidad Valenciana, que provoca un retraimiento del público a la hora de salir de casa.

Dansa València ha colmado las expectativas y ha logrado llenos continuos respetando el aforo permitido y las medidas sanitarias con la diligencia singular de los teatros, hasta el punto de que se limpiaron los asientos que ocupamos entre dos espectáculos donde estábamos ubicados en la misma silla. Loable trabajo el del sector de las Artes Escénicas que debería ser imitado por otros, rubricado por el comportamiento educado del público ejemplar y respetuoso con las distancias y con el resto de asistentes.

Como la sinceridad debe ser un valor del crítico, solo comentaré los espectáculos a los que he asistido o he podido ver. No es mi estilo hablar de oídas o realizar una crónica periodística con fuentes indirectas. Debería estar lejos de la función del crítico está el valorar lo que no se ha podido conocer directamente, y si se hace, hay que reconocerlo y recurrir a la cita de la información obtenida. Eso haremos porque esa misma semana teníamos varios estrenos de trabajos teatrales en las carteleras que requerían nuestra atención. No se puede estar en todas partes.

El inicio del sábado 8 fue espectacular. La lluvia desplazó a la sala 7 del Rialto a la compañía Fil d’Arena, que siempre ofrece trabajos estimulantes y sugerentes. Es un referente de la danza contemporánea valenciana con creaciones como ‘La sal que ens ha partit’, ‘Salt’ o ‘E-111’. Siempre con el mensaje por bandera y la construcción de cuadros entre la individualidad y lo grupal de locuaz plasticidad y capacidad comunicativa.

En esta edición de Dansa València han presentado la pieza corta Sénia. Sus veinte minutos, aproximadamente, son una sencilla maravilla, aunque de sencilla tiene poco. Es un trabajo nacido durante el confinamiento por la pandemia que reflexiona sobre la hiperactividad de la sociedad actual, cuyo sistema engulle al individuo y lo convierte en animal de tiro que hará rodar la noria del mundo. Hoy en día estamos obligados al pluriempleo en unas condiciones de esclavitud contemporánea para sobrevivir más que para vivir. Hay que trabajar cada día incluso a doscientos kilómetros en uno de los cuatro trabajos que tiene Irene Ballester. Por ello, parar es una necesidad urgente. Es una filosofía de vida a reencontrar.

Todo gira en una noria humana, la sénia en valenciano, con esos cuadros de los cinco intérpretes, donde destaca el amontonamiento de los cinco cuerpos para denunciar la alienación causada por el trabajo y el letargo de una sociedad pasiva. Con explosión individual para expresar la realidad. Con micrófono para anunciarnos las historias individuales y su sentido, una ejecución con posiciones increíbles para un diseño de coreografías de enorme riesgo. Los movimientos pausados pasan a ser dinámicos muy bien ejecutados por Irene Ballester, Roseta Plasencia, Victoria Iborra, Sergio Moya y Héctor Rodríguez. Y hay que ver el salto que dan en cada nuevo trabajo Irene Ballester y Roseta Plasencia.

El resultado es redondo técnicamente, tanto en el dibujo como en la música de Carles Salvador. Sentimos extrañeza, hasta nos invade la congoja con el estrés de los personajes. Por eso, este montaje cumple con su objetivo con una brillantez máxima. Y su mensaje es real como la vida misma. ¿Qué más se puede pedir en veinte minutos? Disfrutarlos.

Aunque no hay que olvidar que en el equipo de esta producción existe una función que debe ser fundamental en un trabajo tan complejo en la idea coreográfica y en la ejecución: la mirada externa. Seguro que Isabel Abril y Clara Crespo, sus responsables, están tomando notas porque esta obra es susceptible de una ampliación posible y de incrementar su ya potente puesta en escena. Gracias a Fil d’Arena, compañía siempre grata y atractiva que no falla.

Le siguió en la misma sala el documental del proyecto “Las Muchísimas” de María Antonia Oliver, en Palma de Mallorca. Excelente su trabajo de danza con mujeres mayores de 65 años. Un proyecto que debería imitarse en otros lares. Pero previamente una de estas mujeres nos ofreció un solo performativo preciso con movimientos depurados y ajustados a su capacidad física. Es necesario desterrar los prejuicios y la oferta para nuestros mayores. Mejor practicar el arte de la danza que estar obligado al baile del centro de jubilados. La danza inclusiva tiene aquí un extraordinario proyecto.

El domingo fue el turno de Titoyaya Dansa con un excelente espectáculo callejero que fue nominado para los Premios de las Artes Escénicas Valencianas en la modalidad de Artes de Calle. ‘Social Animal’, que así se llama y fue estrenado en la Mostra de Mim de Sueca de 2019, es un trabajo formidable que fusiona en dos partes autónomas la interacción del público con los intérpretes de la compañía. Titoyaya no podía faltar en esta edición y realmente, con la varita mágica del coreógrafo Gustavo Ramírez Sansano, logra un espectáculo medido, el primero que prepara para ser el aire libre, con contenidos destinados a empatizar con el público por parte de los cinco bailarines. Los textos de Xavi Puchades ayudan a darle sentido a las acciones y lograr una mayor complicidad con el relajado espectador “voyeur” convertido en participante con cada artista. La segunda parte, cuando quedan solos los intérpretes, posee una complejidad técnica inusual para lo que es Arte de Calle.

La inauguración oficial multitudinaria del teatro Principal fue, como siempre, el martes. A priori era atractivo el trabajo de la compañía canaria Lava. Pero el resultado fue decepcionante, por no tildarlo de espeso y lleno de repetitivas divagaciones. Fue un montaje doble, como el de los cines de barrio, con dos creaciones imaginativas, eso sí: ‘Bending the walls’ y ‘Beyond’. Muy semejantes en tema y coreografías aunque de diferente concepción, ambas formaron un díptico arriesgado para explorar los límites físicos y psicológicos en la búsqueda de la felicidad, la libertad y la comprensión de los seres humanos. Oscuridad y minimalismo en la primera frente a luminosidad y dinamismo de un viaje espacial con una luz determinante en la segunda.

Los dos son una metáfora de la necesidad de escapar de la realidad hacia la imaginación necesaria para construir un eje emocional personal. La ejecución de los seis intérpretes podría ser llamativa si sus movimientos no fuesen tan planos y mecánicos, aunque siempre destacaba el buen oficio sugerente, técnica y físicamente perfecto, que iba más allá de la danza, del portentoso Javier Arozena.

Las excelentes bandas sonoras de Luis Hernaiz y Jesús Díaz dieron la credibilidad necesaria a ambas propuestas. Quizá hubiésemos agradecido que ‘Beyond’ no tuviese momentos tan aburridos en ocasiones y sí una línea narrativa diáfana como la conceptual ‘Bending the walls’. Aunque también esta última podría haber optado por un principio que no apreciamos; un precepto de la comunicación durante la hora y cuarto de duración del trabajo (incluyendo descanso): la economía del guion (o temporal). ¿Para qué decir en una hora lo que en veinte minutos está expresado? Aún así, valió la pena ver a esta compañía con dirección artística de Daniel Abreu a pesar de no ser satisfactorio. No todas las buenas intenciones se cumplen pero está bien conocer la creación artística de otros lugares como las Canarias.

El miércoles fue el turno del laboratorio del IVC con Ángela Verdugo a la cabeza en la sala Matilde Salvador de La Nau. ‘Vamos a estar a ratos’, que así se llama, son preguntas sin respuestas. Pero dejemos este trabajo en un experimento de laboratorio. El baile de saltos de la creadora y Sandra Gómez resulta cansino y su estructura de conferencia performativa, con mesa de trabajo incluida, no acaba de resultar interesante. Vencer la gravedad y el tiempo, así como la ejecución palabra-respuesta con movimiento deja esta propuesta como un trabajo de taller más que un espectáculo.

Más maravillosa estuvo María M. Cabeza de Vaca con ‘Cabeza de Vaca’ en la sala Inestable, cuyo espacio fue el adecuado para que el trabajo se convirtiera en una de las sensaciones del festival. La intérprete es realmente descendiente del colonizador Álvar Núñez Cabeza de Vaca, conocido por sus ‘Naufragios’ y descubrir una de las maravillas naturales de América como son las cataratas de Iguasú (disculpen que lo escriba con “ese”, pero es que en guaraní no existe la “zeta”). Ahí está el punto de partida de este potente recorrido de actuación individual atrevida y sugerente desde la abstracción con los recorridos del conquistador. Pero no esperen una historia simplemente: en realidad el leit-motif es la búsqueda de la identidad. Con mucha valentía, el absurdo de nuestra existencia pasa por este viaje donde la colonización estadounidense sustituye a la española, y siempre queda en el fondo el nativo americano como ser cuya identidad queda sepultada por otras. El trabajo sensacional de María y la creatividad desplegada, junto a una técnica corporal depurada, da al trabajo una calidad ejemplar y su solo será recordado siempre. Aunque sin la música y el espacio sonoro de Fran MM Cabeza de Vaca y la iluminación de Benito Jiménez no hubiese mostrado esta firmeza y la descomunal acción de llenar el escenario en solitario.

Y llegó un estreno muy esperado al teatro Rialto de Valencia: ‘Vigor Mortis’ de la compañía ilicitana Otra Danza con Asun Noales a la cabeza, aquí muy bien acompañada por Carlos Fernández. Ambos fueron reconocidos en los pasados Premios de las Artes Escénicas Valencianas como mejores intérpretes de danza junto a la excelente escenografía de varas formando espacios geométricos de Luis Crespo, muy sacrificada y puesto al servicio de la obra y del lucimiento de esta gran pareja de bailarines que son Noales y Fernández, cuya ejecución jugando con la escenografía es una de las mejores que se pueden ver en el panorama valenciano. Sus duetos adquieren formas de vida simbólicas, dispuestas al juego geométrico. Auténticos duelos con fusiones corporales atravesando el espacio.

‘Vigor Mortis’ es un relato de por sí. De expresiones y sentimientos por el alma humana y su fortaleza. Es la vida la que posee el poder de convertir en único lo cotidiano. La obra es toda una metáfora en forma de viaje sobre esta dicotomía entre la muerte y la vida, con un planteamiento que pudiera parecer abstracto pero que en realidad es una alegoría de la lucha por la existencia. Y excelente la ambientación, con una iluminación magistral de Juanjo Llorens, como suelen ser sus diseños, para la excelente dramaturgia de Rulo Pardo sobre todo en la composición de cuadros y en su dirección junto a Asun Noales.

La compañía valenciana Dunatacá, siempre interesante y muy activa en la creación, ofreció como espectáculo callejero ‘Voces’. Se trata de un trabajo sobre un tema que ha sido recurrente en esta edición del festival, y quizá se instale en muchos nuevos trabajos ante la concienciación general de la situación actual con la pandemia de las personas mal llamadas de la tercera edad. Por medio de la danza contemporánea, las intérpretes Andrea Torres, Sybila Gutiérrez, Raquel Fonfría i Charo Gil-Mascarell ejecutan una muy lograda partitura coreográfica de esta última con personas entrevistadas y audios, un uso de la técnica frecuente en los trabajos de esta compañía. Con ‘Voces’ se escucha a nuestra gente mayor y se reconoce su capacidad de transmisión de la experiencia ante el olvido de la sociedad hacia ellos. Sus deseos, inquietudes, sabiduría y experiencias resuenan entre la música y las imágenes. El resultado es una invitación a entrar en su mundo no solo para comprenderlo sino para adquirir una actitud distinta hacia la gente que aún tiene algo que hacer y decir en esta sociedad. Y con una ejecución de deleite.

El intérprete y creador valenciano Jorge Picó se unió a la reconocida bailarina francosuiza residente en Valencia Christine Cloux para ofrecer en Carme Teatre un trabajo bello, encantador, poético y reivindicativo de la capacidad de poder desempeñar la danza con una edad avanzada. Su título es ‘Tout finirá bien’, muy bien escogido dado el tema. El tópico de que la danza es para jóvenes se rompe viendo el desarrollo interpretativo de Cloux, capaz de mantener el pausado ritmo compositivo con increíbles movimientos y gestos.

Picó interpreta a un ‘rider’, un repartidor que sirviendo la cena a unos ensayos de Cloux para un espectáculo, permanece clandestinamente en la sala y entra en un mundo donde existen dos momentos de morir: el segundo es el natural y el primero el físico cuando ya no acompaña a un intérprete de danza. Por este motivo, reivindica con los ejercicios de Cloux el tiempo como un enemigo a batir y vencerlo supone un sacrificio que también ha de derrotar a esos recuerdos gratos de momentos gloriosos como la participación de Cloux en la inauguración de los juegos olímpicos de invierno de Albertville en 1992. El pasado puede ser solo satisfacción. Ese tiempo pasó pero la vida sigue y ahí queda la necesidad de vivir y de seguir pudiendo expresar con el cuerpo. Todo ello con una construcción de imágenes potentes y de una gran estética, alumbrada por Mingo Albir con unos claroscuros llenos de poesía, y la música de Oscar Roig, Vivaldi, y un concierto para violonchelo de Bach. Viva la veteranía sobre todo con un texto como el de Picó para una coreografía excelente. Aunque el maridaje de ambos podría dar más partido con un más desarrollado duelo entre texto y danza.

Uno de los montajes más atractivos del festival respondió a la expectación suscitada: el flamenco transgresor de ‘¡Viva!’ de Manuel Liñán (Granada, 1980) en el teatro Principal. Su premio Max del público este año es merecido por su creatividad y valentía. Siete hombres se travestizan en bailaoras para construir un canto a lo transgenérico, con mucho tacto y sensibilidad, sin caer en lo vulgar y con una fuerza interpretativa ejemplar para superar lo trágico en la denuncia de la inaceptación y el rechazo social con ingeniosas pinceladas de humor inteligente.

La transgresión es temática y formal. Desde la música en directo, con violín y percusión diversa, fusionada con las bailaoras, hasta el rico y trabajado maquillaje y el vestuario de Pinillos capaz de eliminar todo signo de masculinidad. Las cortinillas de flecos metálicos con la iluminación de Montesinos da una ambientación más cercana al cabaret transformista que al tablao flamenco. Tampoco hay una intención de contar historias sino de transmitir sensaciones y experiencias conjuntas e individuales en las magníficas coreografías.

La rúbrica del solo de Liñán, con el honor hacia el traje de cola, hasta el añadido donde desaparecen las pelucas, el maquillaje y los vestidos, es un canto a la vida prodigioso. Quizá el montaje podría haberse recortado para ser perfecto, pero no podemos negar su fuerza emocional. Una maravilla con chispa y duende, aunque se pueda discutir el mensaje a causa de esta parte final plenamente masculina y que los duelos sean muy de hombres. Pero siempre se puede reflexionar y discutir sobre este espectáculo muy para el teatro Principal.

La compañía Columpiant la Dansa, formada por Marta García Navarro y Manuel Caldito de la Concepción presentó en La Nau su nuevo trabajo ‘I+D’, después de los interesantes anteriores, el primero de 2017, ‘VOL I’, ‘y posteriormente ‘Vol II’, estrenada hace un año en la sala Círculo de Valencia. ‘I+D’ es una composición que combina tecnología, efectos sonoros y danza, apoyada en los sonidos sintetizados de guitarra y cibernética de Col.lectiu Penja’m y en una iluminación majestuosa. La dramaturgia es de Paula Pachón, y con esta combinación pretende alumbrar sobre la obnubilación que provoca tanta imagen en nuestra sociedad. Estamos rodeados de tecnología, pantallas y rayos catódicos, y resulta complicado escapar de ellos. Televisiones al fondo, con el rótulo de “Mira el punto verde”, constituyen un fondo simbólico de la escenografía por acumulación de Andrea Cabrera Solano. Especialmente relevante es la magnífica interpretación de Marta García Navarro y Manuel Caldito de la Concepción, con duetos enlazados que despiertan de cualquier caída de interés posible. No es fácil rodear un rayo láser con buenos movimientos, como todos los de la obra, y tanta pulcritud. Sin duda, un espectáculo ampliable con nuevos actos que fortalezcan más aún ese mensaje de la despersonalización del ser humano a causa de la profusión de imágenes repetitivas y sin sustancia.

El sábado asistimos a una interesante sesión doble en la plaza del Patriarca. En primer lugar a ‘Dual-selfie’ de València Dancing Forward, colectivo de La Pobla de Vallbona, con dos excelentes intérpretes vascos, Jon López y Marxel Rodríguez, conocidos en Kukai Danza, que trabajan bastante en Valencia, sobre todo con Taiat Dansa. Ambos forman el colectivo Led Slhouette, y bajo la dirección de Joan Crespo, Laura Bruña y Elizabeth Taberner, y se unen en la plasmación de una visión hipnótica y misteriosa con cuadros de enorme riesgo y complejidad. La habilidad de López y Rodríguez ya es conocida pero se advierte que aún van más lejos en su técnica y en su expresividad con sus respectivos estilos. Nos alegraremos cuando este trabajo se amplíe a un gran formato con un desarrollo que ya apunta esta pequeña muestra.

La segunda pieza corta fue ‘Pinkfish’ de la catalana Ana Barrosa. Cuatro jóvenes nos muestran el sacrificio, con cierta dosis de parodia triste, de las sacrificadas niñas dedicadas a la natación sincronizada desde bien pequeñas. Manon Almellones, Sivgin Dalkilic, Marta Reguera y Rosalía Zanón caminan como ellas y construyen su universo, mientras la voz en off, con ciertos irónicos, aunque con algo de pena, va describiendo su lucha y su esclavitud inhumana a las órdenes de las entrenadoras. En una segunda parte, desproveyéndose del vestuario blanco para aparecer con el mallot típico de la disciplina deportiva, es una práctica en el suelo de ejercicios y rutinas extenuantes en el agua, después de un alegórico lanzamiento de aguas en cubos, que también producen un efecto psicológico derivado en estrés. Hay una sonrisa permanente en los rostros y unos movimientos gráciles pero en el fondo se esconde tortura y sufrimiento. Bien podrían las cuatro intérpretes dedicarse a la natación sincronizada, pero mejor dejémoslas en la danza, su sitio necesario. Quizá no gustara a los puristas de la danza pero sí a quienes buscamos un mensaje social.

El sábado por la tarde la sala Rialto nos obsequió con una delicia más de la célebre alicantina Asun Noales. Nada que ver con la célebre obra de teatro del chileno Ariel Dorfman. Noales, reciente ganadora del premio a la mejor interpretación de danza en los pasados Premios de las Artes Escénicas Valencianas por ‘Vigor Mortis’, alma de la compañía OtraDanza para adentrarse en una nueva producción del Institut Valencià de Cultura, ‘La mort i la donzella’. Alcanzó un éxito notable hasta el punto de ser uno de los montajes más destacables de su rica programación.

La artista ilicitana ha creado y dirigido una dramaturgia coreográfica envolvente a partir de la historia del conocido cuarteto de cuerda número catorce del compositor austríaco Franz Schubert así titulado. Se trata de una revisión contemporánea de esta composición romántica donde una joven moribunda expresaba con música y aquí con danza sus reacciones ante la inminencia de su fin y la presencia de la muerte, de ahí el nombre de la pieza.

Noales ha sabido captar la verdadera esencia del cuarteto de Schubert y transponerla de lo auditivo a lo visual con una efectividad máxima. El comienzo con un sepulturero echando tierra con la pala en la parte superior del decorado, mientras la doncella emerge desde la oscuridad ya muestra el universo a presenciar. Ahí se inicia el tránsito entre tinieblas y seres misteriosos. Es el planteamiento poético de la pieza: el reflejo del tránsito de la vida a la muerte, representada por el intérprete Eduardo Zúñiga, entre la incredulidad, el misterio y la reflexión sobre la muerte prematura. Pero en realidad hay una segunda doncella posteriormente en las mismas circunstancias.

La eficacia de los intérpretes es mayúscula con una proyección de lo individual a lo colectivo. Carmela García es una extraordinaria primera doncella con vestuario verde cuyo solo en la larga escena inicial es prodigioso, así como los de Juliette Jean como segunda doncella ataviada de color carne. Los duetos de García con Zúñiga son un prodigio de movimiento capaz de transmitir inquietud y un sondeo en el misterio de la muerte. El resto de intérpretes lucen en la magnífica coreografía muy del estilo plástico de Asun Noales, que maneja de maravilla la capacidad de bailar en la oscuridad. Los conjuntos en las escenas finales, a partir de que la pared de fondo se dobla despiertan la mirada del espectador por sus movimientos ocupando el espacio de tránsito entre los dos mundos.

Luis Crespo ha creado una magnífica escenografía, en la línea del muro gris de ‘Giselle’ de Akram Khan para el English National Ballet, porque es un concepto que favorece las divisiones entre mundos. Es completamente funcional, efectiva y presta su servicio al espectáculo y con una magnífica diferenciación del lado oscuro de la vida. Las puertas angostas son sugerentes y no sólo entradas de intérpretes o para las salidas de extremidades. Pero la ambientación máxima se logra gracias a la extraordinaria iluminación en distintas tonalidades oscuras de Juanjo Llorens, que se ha entregado como todo el equipo al servicio de la creación con el fin de dejarla como inolvidable. Esto se consigue a lo largo de todo el desarrollo entre la escenografía, con los intérpretes escribiendo con tiza en la pared gris, y el fin de todo. Aunque tampoco sería posible esta brillantez de la oscuridad sin la música tenebrosa de Teleman Rec a partir del cuarteto de Schubert, que resuena de fondo como construcción sintética.

El teatro Rialto fue un espacio magnífico para disfrutar de este espectáculo por la proximidad y la capacidad de absorción del ambiente misterioso. Por el decorado y la grandiosidad del espectáculo a la hora de llenar espacios, necesita más amplitud de escenario, aunque perdería en cercanía. Sea como sea, es un espectáculo de danza formidable que conviene incluso revisitar por la riqueza comunicativa. Y también explotar esta exploración de territorios desconocidos que demuestran la fortaleza de nuestra danza.

Y llegó Olga Pericet al Teatre El Musical el sábado por la noche y arrasó. No extraña su premio Max a la mejor interpretación por la obra que nos deleitó: ‘Un cuerpo infinito’. La obra es un homenaje a Carmen Amaya y está ideada en gran formato de una hora y tres cuartos, lo cual no suele ser habitual en espectáculos donde el peso principal lo sostiene un único protagonista.

Estrenado en mayo de 2019, el espectáculo no tiene desperdicio y se hace ameno. Olga Pericet ha creado bajo la supervisión de la luna un escenario sideral de planetas alrededor del sol, donde aparecerá ella con todo su esplendor al inicio. Y es que baila dentro del sol o como un sol. Acompañada de percusión de Paco Vega, guitarra de Antonia Jiménez (no caigamos en lo baladí de encumbrar el que una guitarra sea femenina, hay unas cuantas), y el canto de Inma “La Carbonara” y Miguel Lavi, resuenan sus taconeos como pocas veces se pueden escuchar. Son estratosféricos, como el suelo blanco, y se clavan como melodía en el cerebro. La fuerza de Pericet es inconmensurable, recogiendo y estableciendo un diálogo permanente con la historia de la gran bailarina Carmen Amaya (sus fotografías están a la izquierda del espectador), expresando su alegría y también su dolor.

Pero lo que más destaca del montaje es su poesía. Pericet nos da una lección de conversión del movimiento en lirismo, visible tanto en bailes como en escenas como la del cuadro de papel de celofán de color, con un juego preciosista entre el verde y el amarillo, aunque vista de blanco. Su magnetismo nos hace vibrar y compone cuadros excepcionales, con distintos vestuarios. La dirección de Carlota Ferrer le da mucho vigor a la composición y ha cuidado hasta el más mínimo detalle. El traje de cola es blanco pero también lo son las castañuelas, porque el cromatismo es fundamental en la composición. O Pericet cogiéndose los riñones en los momentos finales al lado de la playa, porque Carmen Amaya falleció de una enfermedad renal. Un sentimiento que resucita a la intérprete fusionando el alma de ambas.

Mención especial requiere el apartado musical. A la simpleza de cuerda, percusión y canto se le une un trompetista y un cuarteto vocal. Crean toda la atmósfera y significados del montaje, para construir un viaje de eterno retorno circular donde el flamenco deja huella con un precioso ‘Garrotín’, la rondeña de Montoya a la guitarra de Antonio Jiménez, los tangos de Triana, un taranto, o las alegrías de Carmen, para dar paso al ‘Sing, sing, sing’ de Benny Goodman, o ese ‘Todo tiene su fin’, la canción de Los Módulos en versión del grupo Medina Azahara. No se puede contar mejor una vida como hace Olga Pericet en este redondo espectáculo.

Este trabajo formidable nos deparó el domingo un duelo formidable entre tres grandes de la danza en España: Jon Maia, Cesc Gelabert y Andrés Marín. ‘Soliloquios’, que así se llama la pieza, está concebida en principio para un paseo museístico pero las actuales circunstancias nos lo dejaron en una actuación exhibición en una sala del Centre del Carme de Cultura Contemporània. El resultado fue una joya donde se produce el enfrentamiento de tres estilos. Maia, ideólogo del proyecto, trabaja sobre una interpretación del aurresku, la danza tradicional vasca. Cesc Gelabert establece un patrón a continuación, con su habitual estilo y jugando con la extensión de los brazos, mientras que Andrés Marín busca en él un diálogo entre el flamenco y lo contemporáneo. Después de las interpretaciones individuales, los tres genios de la danza establecen un duelo en trío inolvidable que hace vibrar al espectador. Ellos transmiten su técnica y su entusiasmo empujados por la instalación sonora de Luis Miguel Cobo, que mezcla con simultaneidad ritmos y melodías. Otra maravilla más.

No pude asistir al cierre del espectáculo de Sharon Friedman porque coincidía en horario con otra representación imprescindible, como era ‘Prostitución’ con dirección de Andrés Lima. Pero antes sí que conocía una pieza curiosa representada en Carme Teatre: ‘Dance is my heroine’. Cristina Gómez realiza e interpreta un trabajo sobre el individuo frente al mundo digital y la necesidad de “gustar”. En un fondo proyectado amarillo con el título de la obra, con una selección musical suya excelente, el ‘I like you’ y la identidad del individuo y lo que le gustaría ser camina por todo el espectáculo, con un juego de ella vestida de rojo con su sombra en la pantalla. La imagen pública frente a la realidad, la búsqueda de la gloria efímera. Va creando coincidencias y situaciones (‘Fanny’ es mujer victoriosa en griego y vagina en inglés), mientras ella mira el teléfono móvil para conseguir seguidores. Cuentas de Tinder dan paso a proyecciones en el exterior, con Cristina Gómez interpretando delante de su engrandecida sombra para conseguir bellos cuadros plásticos. Pero también baila sin proyección, ella sola frente al público, con destreza en el irónico ‘Maniac’ de la película ‘Flashdance’ de 1983: el gran sueño de convertirse en famosa. Danza con humor, mucha imagen natural o artificial dejan encandilado a un espectador. Pero más aún la interpretación portentosa técnica y físicamente de Cristina Gómez: no olvidaremos su solo vestida de negro en la escena más oscura ni la segunda parte del trabajo donde interviene el público para seguir el camino de la ‘influencer’ mientras suena ‘Felicidad’ de Albano y Romina Power. El desenlace con la canción de ‘Fama’ de Irene Cara con Cristina y su vestuario del gran imperio estadounidense pone la rúbrica al sentido de todo el trabajo, rematado por un gracioso epílogo en vídeo en Beirut fabulosamente atrevido: un vídeo que se hizo viral. La fama es efímera y ridícula.

Podemos resumir este festival con varias ideas destacables:
1) La organización salvó las enormes dificultades. Estaba programado en el mes de abril pero el estado de alarma obligó a aplazarlo, lo cual supone cambios en las fechas de contratación de los artistas o simplemente las dificultades para los desplazamientos. Faltó solamente el toque de queda en la Comunidad Valenciana y la incertidumbre de las medidas de la pandemia para terminar de inquietar a la organización. Pero siempre han existido planes que han facilitado su desarrollo. Incluso para alguna jornada lluviosa que se desplazó de la calle a un escenario cubierto. Se adelantaron media hora los últimos espectáculos en el Principal y en El Musical.
2) Relacionado con lo anterior, nada parece haberse dejado a la improvisación. La organización con Mar Jiménez al frente ha sido muy competente y ha resuelto los problemas con suma eficacia. Un servidor ha de agradecerle a ella, a Jesús Mascarós y a Guillermo Arazo las facilidades para poder trabajar.
3) La respuesta del público era incierta. Ya sabemos que la danza es minoritaria. Un aforo de una sala al cincuenta por ciento no le afecta mucho salvo en los grandes espectáculos, sobre todo el flamenco de Olga Pericet o Manuel Liñán. Pero me ha sorprendido el lleno en todos los espectáculos a los que asistí. Otros años en algunos semejantes no había tanto público. Éxito de asistencia.
4) El festival debe permanecer y volver a sus fechas. Y no debería cambiarse este equipo organizador. Tenemos demasiadas experiencias negativas con los cambios injustificados. Si algo funciona, ¿cambiarlo por una directriz política discutible? La transparencia se demuestra andando, no en papeleos en PDF que son meras fachadas.
5) La calidad de los espectáculos ha sido enorme. Ya lo he expresado a lo largo de este extenso artículo. Teniendo en cuenta las dificultades del año, o la adecuación a los protocolos Covid-19 de los mismos, es digno de encomio. A pesar de la ausencia de compañías internacionales y las variaciones de las nacionales, no se ha resentido. Ha sido uno de los mejores Dansa València.
6) La adecuación de los espectáculos a la sala de representación fue un aspecto destacable. Quizá solamente ‘La mort i la donzella’ necesitaba un escenario más amplio. Es destacable la colaboración de las salas con el festival desde hace tiempo, sobre todo de aquellas que apuestan por la danza en su programación temporada tras temporada.


Valga como rúbrica a este trabajo, con el deseo de que volvamos a cierta normalidad el próximo mes de abril, los comentarios globales sobre el estado de la danza valenciana. Creo que no hace falta insistir que la Comunidad es una potencia y nada ha de enviar a otros territorios. No deseo obviar a ninguna compañía y felicito a todas. Con esto está todo dicho ya. Bailemos. Porque bailaremos.
José Vicente Peiró
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